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El Año sin Verano: volcanes y guerra nuclear local

Posted by Carlos en diciembre 11, 2006

Cuando hablamos de volcanes es posible que lo primero que se nos venga a la cabeza sea el Vesubio sepultando Pompeya, el Snæfell a través del cual Julio Verne comenzaba el “Viaje al Centro de la Tierra”, o el Krakatoa y su formidable explosión de 1883. Esta última fue realmente colosal, ya que tuvo una potencia equivalente a 100 megatones (5,000 veces la bomba de Hiroshima), y generó el que se considera el sonido más fuerte jamás registrado (180 dBSPL a 100 millas; como referencia, el umbral del dolor se sitúa en 134 dBSPL), audible a 6,000 km de distancia. Como resultado de la explosión, se lanzaron al aire unos 25 km3 de roca que oscurecieron el sol de tal manera que durante el año posterior la temperatura media bajó en 1.2ºC, y el clima no se estabilizó hasta cinco años después.

Índice de Explosividad Volcánica

Con todo y con eso, la explosión volcánica del Krakatoa “sólo” alcanzó la categoría 6 en el índice de explosividad volcánica (IEV), que llega hasta el 10. Hay un evento también reciente en términos históricos cuya potencia fue muy superior: la explosión del Monte Tambora en 1815. De acuerdo con las crónicas, en el momento de la explosión la montaña se convirtió en una masa fluida de fuego líquido, cuyo estallido tuvo una potencia 4 veces superior a la del Krakatoa, alcanzando la categoría 7 en el IEV. Unos 100 km3 de roca fueron lanzados al aire en una columna que alcanzó los 43 km de altura (la estratosfera), y cuyos restos más finos permanecieron en la atmósfera a una altura de 10-30 km durante años. Precisamente, son los efectos a largo plazo los que hicieron esta explosión memorable.

El año siguiente a la explosión -1816- se conoce como el “Año sin Verano“, o el “Año de la Pobreza”. En las tierras del Noreste americano la escarcha acabó con las cosechas en pleno mes de mayo, y hubo tormentas de nieve en Cánada y Nueva Inglaterra durante el mes de junio. En Europa las cosas no fueron diferentes: enormes tormentas, inundaciones fluviales, escarcha en agosto, y fenómenos tan sorprendentes como nevadas marrones en Hungría, o nevadas rojas en Italia. Los efectos socioculturales fueron también impresionantes: hubo hambrunas y revueltas en Europa, y en los EE.UU. se impulsó la emigración hacia el Oeste en busca de tierras fértiles. Se cuenta también que fue durante este año sin verano que Mary Shelley y John W. Polidori escribieron “Frankestein, o el moderno Prometeo“, y “El Vampiro” respectivamente, o que Karl Drais inventó el velocípedo (buscando un medio de transporte alternativo a los coches de caballos, debido a la escasez de piensos).

Explosión atómica de NagasakiSi todo lo anterior parece cataclísmico, no es difícil imaginar los resultados de una guerra nuclear. Quizás más sorprendentes (sólo en principio, pero no a la vista de lo comentado anteriormente sobre volcanes) sean las consecuencias de una guerra nuclear regional. A. Robock, de la Universidad de Rutgers, y colaboradores (de la propia Universidad de Rutgers, de la Universidad de Colorado, y de la Universidad de California; uno de estos colaboradores es R. Turco, miembro del equipo que definió el concepto de invierno nuclear) han analizado las consecuencias climáticas de un conflicto de estas características en un artículo titulado

y publicado en la revista Atmospheric Chemistry and Physics Discussions. Una guerra entre potencias del Tercer Mundo con bombas tan “pequeñas” como las de Hiroshima, causaría efectos devastadores en el clima a nivel global (por no hablar de las víctimas mortales directas, que podrían rondar fácilmente los 10 millones de personas). Las temperaturas bajarían globalmente varios grados, se destruirían totalmente infinidad de cosechas durante varios años, y se dañaría gravemente la capa de ozono. Las víctimas indirectas en otras partes del mundo (especialmente las más pobres) sobrepasarían con creces a las víctimas directas. Conclusiones hay muchas, pero una especialmente siniestra: hay ciertas líneas rojas que una vez sobrepasadas acarrearían consecuencias que dejarían pequeña a la más atroz de las guerras convencionales. Si se analizan las implicaciones en un escenario de garantizar el mal menor, uno no puede menos que estremecerse.

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