La Singularidad Desnuda

Un universo impredecible de pensamientos y cavilaciones sobre ciencia, tecnología y otros conundros

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Seis mitos sobre el cambio climático

Publicado por Carlos en febrero 18, 2010

10-year average (2000-2009) temperature anomaly

NASA Goddard Institute for Space Studies

La afirmación de que el cambio climático tiene causas antropogénicas se asienta sobre dos premisas fundamentales: los cambios de temperatura registrados a lo largo del último siglo, y la incapacidad de los modelos climáticos de dar cuenta de dichos cambios sin la introducción del efecto causado por los gases de efecto invernadero producidos por la actividad humana. Por supuesto, el clima es un sistema extremadamente complejo por lo que todos los modelos existentes están sujetos a una cierta incertidumbre, causada por la falta de compresión plena de todos los aspectos del sistema así como por la complejidad intrínseca de las simulaciones del mismo. Quiere esto decir que hay aspectos de la investigación climática que hay que tomar con una pizca de sal, o que ciertamente requieren un mayor estudio. Sin embargo, las objeciones más comunes al cambio climático antropogénico no se asientan en estos aspectos menos claros, sino en diversas malinterpretaciones de los hechos o conclusiones derivadas de los estudios climáticos (y hay que decir que meteduras de pata como la predicción sobre los glaciales del Himalaya no ayudan). En un artículo de Q. Schiermeier en el número del 21 de enero de Nature se abordan varios de los mitos más persistentes sobre el cambio climático, y cómo estos pueden ser rebatidos:

  1. Los modelos climáticos no proporcionan información de utilidad sobre el mundo real. Como se apuntaba anteriormente, los modelos climáticos están sujetos a un cierto margen de incertidumbre, por lo que no pueden hacer predicciones exactas a largo plazo. Sin embargo, estos modelos son capaces de reproducir las variaciones climáticas del último milenio y apuntan conclusivamente hacia un futuro más cálido.
  2. El calentamiento global cesó hace diez años. Esta objeción se basa en la misma confusión que tienen algunos de nuestros políticos entre disminución del crecimiento y decrecimiento. Las fluctuaciones naturales del clima a corto plazo pueden hacer que las temperaturas suban o bajen de un año para otro, pero las tendencias se mantienen, y la última década es la más cálida en promedio registrada.
  3. Las temperaturas eran mayores en épocas pre-industriales. Hay consenso en que la segunda mitad del siglo XX ha sido la más cálida del último milenio. En momentos más remotos hubo periodos más cálidos, pero bajo condiciones orbitales y geológicas distintas, y la existencia de las mismas no aporta evidencia en contra de la influencia humana en el incremento actual de temperaturas.
  4. Los datos históricos de temperatura en la troposfera indican que la Tierra no se está calentando. Aunque hace una década parecía haber una discrepancia entre las temperaturas de la troposfera y las registradas en la superficie, dicha discrepancia ha sido resuelta en la actualidad gracias a la resolución de problemas de calibración en los sensores de los satélites. Los datos actuales son plenamente consistentes con las predicciones de calentamiento de los modelos climáticos existentes.
  5. Unos pocos grados de calentamiento no son para tanto. Durante la última edad de hielo la temperatura promedio del globo era sólo unos pocos grados inferior a la actual. El ritmo de calentamiento actual no tiene precedentes en la historia de la Humanidad.
  6. Los incrementos de temperatura registrados reflejan el crecimiento de ciudades en torno a las estaciones climáticas más que el calentamiento del globo. Este factor ya se tiene en cuenta en los modelos, que incluyen datos tanto de estaciones urbanas como de estaciones rurales. Más aún, las anomalías de temperatura también ocurren en zonas despobladas, como pueden ser los polos, la superficie oceánica o en capas suboceánicas profundas.

Si la evidencia científica es pues múltiple en relación a las más que probables causas humanas del cambio climático, ¿cuáles son entonces los aspectos más sujetos a debate? En un próximo apunte los veremos.

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Música para el domingo – Weather with You (Crowded House)

Publicado por Carlos en diciembre 13, 2009

El domingo es día de asueto y nada mejor que un poco de música para amenizarlo. Por ejemplo, este “Weather with You” de Crowded House. La banda austral nos ha regalado temazos como “Don’t dream it’s over“, “Better Be Home Now” o “Distant Sun” o este “Weather with You” entre otros. La selección de esta última es en atención a los delegados de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebra en Copenhague que han acudido con sus limusinas y jets privados. ¡Que la disfruten!

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Geoingeniería: Medicina Planetaria contra el Calentamiento Global

Publicado por Carlos en diciembre 7, 2009

Los seres vivos han estado realizando cambios a gran escala de las condiciones ambientales terrestres desde prácticamente la aparición de la vida. Algunos de estos cambios nos vinieron muy bien, como por ejemplo el enriquecimiento atmosférico de oxígeno gracias entre otros factores a los organismos fotosintéticos. Otros cambios parecen sin embargo problemáticos, como por ejemplo los derivados de la deforestación y del vertido atmosférico de gases de efecto invernadero. Estos parecen haber desbordado la capacidad de auto-regulación del planeta y nos llevarán a largo plazo a un nuevo estado estacionario de condiciones que directa o indirectamente pueden ser mucho menos favorables para la vida humana.

La respuesta a esta situación se ha planteado básicamente desde el punto de vista “paliativo”, intentando poner coto en cierta medida a la perturbación antropogénica del medio ambiente; aquí se encuadraría por ejemplo el controvertido Protocolo de Kyoto (PDF, 162KB). Siguiendo con la analogía médica, una alternativa menos conservadora sería la “desintoxicación”, esto es, actuar directamente para corregir las perturbaciones mediante obras de geoingeniería. Estaríamos hablando de obras de ingeniería a gran escala diseñadas específicamente con el propósito de alterar significativamente el medio ambiente para nuestro beneficio. James Lovelock, el científico multidisciplinar famoso por proponer la Hipótesis Gaia, acaba de publicar en las Philosophical Transactions of the Royal Society A un trabajo que lleva por título

en el que repasa alguna de las posibilidades al respecto. Por ejemplo, están los denominados barcos spray de Flettner, que navegarían los océanos de manera autónoma, bombeando agua salada en aerosol a la atmósfera. El objetivo es aprovechar el denominado efecto Twomey para incrementar el albedo de las nubes consiguiendo con ello un enfriamiento de la superficie. Serían necesarios unos 1 500 barcos de este tipo para conseguir el efecto deseado.

Relacionado con lo anterior, un sistema similar de tuberías situadas en plataformas marinas podría bombear agua de las profundidades a la superficie con la intención de (1) producir un enfriamiento de la misma, y (2) enriquecer de nutrientes las capas superficiales, provocando la eclosión masiva de algas fotosintéticas que absorberían CO2 atmosférico. Más aún, estas algas podrían recolectarse para producir alimentos y combustibles biológicos, y los residuos del procesamiento prensarse para su hundimiento en el fondo marino, quitando de la circulación (al menos de manera temporal) grandes cantidades de dióxido de carbono.

La producción de nutrientes a través de procedimientos químicos también se plantea como una opción quizás inevitable en el futuro. Dichos nutrientes se usarían a su vez para alimentar cultivos industriales de células vegetales y animales destinadas directamente al consumo humano. Es interesante resaltar un párrafo del propio Lovelock en el artículo citado inicialmente:

Misplaced fear stops us from using nuclear energy, the most practical and available geoengineering procedure of all; we even ignore the use of high temperature nuclear reactors for the synthesis of food and liquid fuels directly from CO2 and water.

Todo lo anterior plantea tanto desafíos tecnológicos como llegado el caso problemas éticos. La desintoxicación del planeta es una empresa que una vez empezada tendrá un incierto final (Lovelock señala por ejemplo que si se emplean los barcos spray, eventualmente habrá que empezar a preocuparse por la acidificación de los océanos, que requerirá de nuevas medidas y así sucesivamente). Los geoingenieros quizás necesitarán crear y respetar un análogo al juramento hipocrático. El artículo acaba con moralina:

Perhaps the saddest thing is that if we fail and humans become extinct, the Earth system, Gaia, will lose as much as or more than we do. In human civilization, the planet has a precious resource. We are not merely a disease; we are, through our intelligence and communication, the planetary equivalent of a nervous system. We should be the heart and mind of the Earth not its malady. Perhaps the greatest value of the Gaia concept lies in its metaphor of a living Earth, which reminds us that we are part of it and that our contract with Gaia is not about human rights alone, but includes human obligations.

Es una visión un tanto antropocéntrica de la vida en la Tierra, pero de eso se trata, ¿no?

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Los depósitos de material orgánico en el Ártico son mayores de lo pensado

Publicado por Carlos en septiembre 11, 2008

Hace unos días hablábamos de cómo el incremento de las temperaturas puede provocar un paulatino deshielo del permafrost ártico, dejando expuesta una gran cantidad de material orgánico cuya descomposición lanzaría cantidades ingentes de CO2 a la atmósfera. Para determinar el riesgo que esto supone hay que avanzar en la comprensión de la dinámica del permafrost por un lado, y debe realizarse una estimación ajustada de la cantidad de material orgánico contenido en el subsuelo ártico por otro lado. Este segundo aspecto parece ser un tema en el que se está desarrollando una intensa actividad, a juzgar por los trabajos que han aparecido al respecto en los últimos tiempos. Además del trabajo de Schuur et al. en el que se hacía una estimación global de la cantidad de material orgánico almacenado en el permafrost, esta semana ha aparecido otro trabajo en Nature Geosciences en el que se trata en detalle el caso del territorio ártico norteamericano. El artículo en cuestión ha sido realizado por Chien-Lu Ping y 6 colaboradores, de las Universidades de Alaska en Fairbanks y de la Universidad de Virginia, y lleva por título

En este trabajo intentan subsanar las deficiencias en las estimaciones anteriores de dicha cantidad de material orgánico, y que se basaban únicamente en 5 muestras superficiales (40cm) para un área de 5.05·1012 m2 (i.e., poco más de 5 millones de km2).

Mapa del paisaje ártico norteamericano (10.1038/ngeo284)

Mapa del paisaje ártico norteamericano (credit: Ping et al., Nature Geosciences, doi:10.1038/ngeo284)

Para realizar su estudio, Ping et al. han combinado datos existentes con muestreos directos siguiendo un enfoque sistemático, orientado a cubrir los diferentes tipos de terreno existentes en la zona ártica. Este extremo es importante, ya que la distribución de material orgánico no es en absoluto uniforme. Así, mientras en las tierras bajas y en las tundras de las tierras altas hay grandes cantidades, en los pedregales y montañas la presencia de material orgánico es muchísimo menor. Concretamente, usando los datos de 139 excavaciones se ha determinado que en los dos primeros tipos de terreno hay 55.1 kg/m2 y 40.6 kg/m2 respectivamente, mientras que en los dos segundos sólo hay 3.4 kg/m2 y 3.8 kg/m2. Combinando ambas estimaciones en función de la proporción de cada tipo de terreno, se llega a una media global para la zona de 34.8 kg/m2, siempre considerando hasta 1m de profundidad. Proyectando estos resultados a un área de 2.82 millones de km2, que representaría las tierras del Ártico norteamericano, excluyendo glaciares y lagos, se llega a una estimación de 98.2 Pg de material orgánico.

Aunque esta cifra no resulta muy alta en relación a la estimación total que hacían Schuur et al., es importante resaltar que las estimaciones previas para esta zona eran de unos 21.8 kg/m2, i.e., casi un 40% inferior (o lo que es lo mismo, la nueva cifra es un 60% superior a la anterior). Será interesante determinar si esta subestimación es extrapolable en todo o en parte al resto de zonas árticas, lo que se traduciría en un aumento del riesgo potencial en algunos de los escenarios descritos a medio plazo para la región.

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El deshielo del permafrost acelerará el calentamiento global

Publicado por Carlos en septiembre 3, 2008

Siempre que se habla de los efectos de la actividad humana en el cambio climático, y fundamentalmente en los casos en los que se pretende hacer proyecciones a largo plazo, suele introducirse la salvaguarda de la falta de conocimiento pleno de los ciclos geoclimáticos naturales. Por poner un ejemplo, el flujo de carbono entre tierra, océano y atmósfera es un orden de magnitud mayor que el debido a actividad antropogénica. Así, más que analizar los flujos netos de gases invernadero o los aumentos locales de temperatura de manera aislada o absoluta, es necesario entender de que manera esta perturbación externa puede alterar los ciclos naturales, y hacia que nuevo punto de equilibrio puede desplazarlos. Centrándonos en el ciclo del carbono, son de particular importancia los denominados depósitos vulnerables, grandes almacenes de carbono que pueden resultar afectados por el cambio climático, y verter cantidades ingentes de CO2 a la atmósfera. Uno de estos depósitos vulnerables -uno de los más grandes de hecho- es el permafrost.

Permafrost en el Hemisferio Norte

Permafrost en el Hemisferio Norte. Crédito: NSDIC

El permafrost es el material del subsuelo que se halla permanentemente congelado a temperaturas bajo cero. Se encuentra fundamentalmente en zonas cercanas a los polos y en terreno montañoso a gran altitud, donde la temperatura media anual está por debajo de los 0ºC . Más precisamente, si la temperatura media es superior a los -5ºC no se formará una capa continua de permafrost, sino únicamente regiones aisladas (hay excepciones debidas a temperaturas pasadas frías que dejaron un legado de permafrost fósil). La zona de permafrost continuo abarca grandes zonas árticas y antárticas, y puede considerarse que ocupa alrededor del 20% del terreno sobre el mar. La estructura de estas zonas de permafrost comprende una capa más superficial en la que se produce descongelación estacional (denominada capa activa, y que puede tener de unos centímetros a un par de metros de grosor), y una capa estable de permafrost, con una zona de transición rica en hielo entre ambas. Estas capas más profundas de permafrost almacenan una gran cantidad de carbono en forma de material orgánico, por lo que su descongelación podría exponerlo a descomposición y vertido a la atmósfera. Un estudio de la magnitud e implicaciones de esta descongelación ha sido realizado por Edward A.G. Schuur, de la Universidad de Florida, y 19 colaboradores, en un trabajo titulado

recién publicado en BioScience. La estimación de Schuur et al. es de 1672 Pg (1 petagramo = 1000 millones de toneladas) para todo el carbono acumulado en el permafrost del hemisferio Norte (en el hemisferio Sur hay un contenido mucho menor, por lo que no se ha tenido en cuenta en el análisis). Este material orgánico se ha ido acumulando a través de la zona activa por obra de diferentes procesos geológicos. Por un lado está el crecimiento singenético, por el que se produce un crecimiento vertical de la zona de permafrost (de unos 0.7 mm/año), que engulle el material acumulado en el fondo de la zona activa. Por otro lado está la crioturbación, por el que se produce una mezcla de los materiales entre las capas del subsuelo debido a ciclos repetidos de congelación/descongelación.

Mapa del hielo ártico calculado con los datos del AMSR-E

Mapa del hielo ártico calculado con los datos del AMSR-E

Dado que algunos modelos predicen un aumento de varios grados de temperatura en estas zonas circumpolares a lo largo del siglo XXI (de hecho, los hielos árticos son hoy en día una isla por primera vez en 125,000 años, como se aprecia en la imagen superior), puede producirse una liberación gradual de este material orgánico acumulado. El ritmo al que se produce dependerá de condiciones locales, y se verá afectado por otros factores externos como las precipitaciones de nieve (que tendrán un efecto aislante), o los incendios boreales (que tendrán un efecto opuesto, al eliminar la capa orgánica superficial y reducir a corto plazo el albedo). Otro factor importante es el colapso del suelo debido al descongelamiento de bloques de hielo. El así denominado terreno termocárstico, acelera el deshielo del permafrost, al crear depresiones topográficas que atraen el flujo de agua dado lugar a erosión térmica y deslizamientos de tierras. Esto puede dar lugar a una tasa catastrófica de liberación de carbono. Dicho carbono entrará en los ecosistemas, y en la medida en la que el suelo sea óxico, pasará a la atmósfera en forma de CO2. Por supuesto, esta disponibilidad de materiales orgánicos unida a un aumento de la temperatura favorecerán el crecimiento vegetal, que tenderá a su vez a capturar el carbono, aunque la magnitud de este efecto no bastará para evitar que haya un flujo neto a la atmósfera. Dicho flujo puede ser de 40 Pg a 100 Pg de aquí a finales de siglo, lo que supone unas emisiones del mismo orden de magnitud que las debidas a la desforestación causada por el hombre.

A pesar de las sombrías perspectivas que este trabajo arroja al identificar esta realimentación positiva entre el calentamiento global y la emisión de CO2 proveniente del permafrost, hay que señalar que la magnitud de la misma está sujeta a ciertas incertidumbres: la dinámica de descongelación del permafrost es compleja y no-lineal, como lo son los procesos de transferencia de carbono a la atmósfera. Habrá pues que refinar los modelos geológicos y biológicos involucrados, antes de disparar todas las alarmas.

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Cambios climáticos acabaron con los Neandertales en la Península Ibérica

Publicado por Carlos en mayo 1, 2007

Niño neandertal de GibraltarLos neandertales habitaron Europa desde hace unos 600,000 años hasta hace 24,000 años como poco. Eran una raza endógena europea (de hecho, todo apunta a que su origen fue la Península Ibérica) cuya extinción se atribuye a diferentes factores, tanto climáticos, como de competición con el homo sapiens que llegó a Europa desde África a través de Oriente. Un reciente estudio publicado en Quaternary Science Reviews intenta arrojar luz sobre la cuestión, y refuerza la hipótesis climática como desencadenante de la extinción. El trabajo se titula

y ha sido realizado por Francisco J. Jiménez Espejo y colaboradores, de la Universidad de Granada, del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra, de la Universidad de Toronto, de la Japan Agency for Marine-Earth Science and Technology, y de Museo de Gibraltar. El estudio ha empleado registros paleoclimáticos extraídos de sedimentos de la plataforma balear para caracterizar la variabilidad climática durante el periodo en el que se produjo la extinción de los neandertales. Se sabe que estas variaciones se correlacionan bien con los patrones de ocupación humana de la península, y que los neandertales se refugiaron en el Sur de la misma durante los últimos milenios, gracias a las condiciones ambientales más favorables. El estudio mencionado apunta a que las condiciones climáticas fueron sin embargo muy inhóspitas para los neandertales hace 24,000 años; fueron de hecho las más difíciles en 250,000 años, y todo apunta a que finalmente precipitaron la extinción de la especie (o al menos de la población ibérica, que era el mayor remanente de la especie).

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Diques naturales protegerán a los glaciares de la subida del nivel del mar

Publicado por Carlos en marzo 12, 2007

Rapa Nui under the seeCuando se habla del cambio climático, una de las consecuencias más reseñadas suele ser la posible subida del nivel del mar. Un incremento de las temperaturas puede contribuir al deshielo de los polos, y una vez que este se comience a producir, puede ponerse en marcha un bucle de realimentación positiva: el mar comenzaría a penetrar en los glaciares, acelerando su fusión, provocando a su vez un mayor incremento del nivel de mar, etc. El resultado en este escenario es que las líneas de costa avanzarían tierra adentro (el cuánto dependería de la magnitud del deshielo), y muchas islas desaparecerían bajo el agua. El escenario así representado es ciertamente preocupante, si bien hay que reseñar que las últimas estimaciones que se han ido haciendo están moderando un tanto las previsiones anteriores. Por ejemplo, en el último informe del Panel Intergubernamental del Cambio climático (IPPC) se indica que el crecimiento del nivel del mar durante los últimos años (de 1993 a 2003) ha sido de unos 3.1 mm/año, para un total de 17 cm durante el siglo XX, con unas estimaciones máximas para el siglo XXI de entre 38 cm y 59 cm según el escenario considerado. Indudablemente, estas previsiones han de considerarse moderadas en comparación con algunas anteriores que cifraban dicha subida hasta en 140 cm.

¿Cómo de crítico es un incremento de este tipo en relación con una fusión acelerada de los glaciares? De acuerdo con un muy reciente trabajo de Sridhar Anandakrishnan y colaboradores, de la Pennsylvania State University, puede que poco, ya que parece existir un mecanismo de protección en dicho sentido. El trabajo en cuestión se titula

y acaba de ser publicado hace un par de semanas en Science. El objeto del estudio ha sido la línea de varadura del Whillans, un glaciar de 500km de largo en la Antártida. En dicha línea (en la que el glaciar abandona tierra firme, y se adentra en el mar como una gran plataforma de hielo), se ha descubierto una suerte de dique natural de 31m de altura formado por sedimentos rocosos. Dichos sedimentos han sido arrastrados hacia este lugar debido al flujo del glaciar, y su presencia contribuye a estabilizar la línea de varadura. De no existir, el mar podría empezar a “carcomer” la lengua glaciar desde abajo al ir subiendo su nivel, acelerando su fusión de este modo. Según las estimaciones de los autores, debido al hecho de que el dique no es perfectamente hermético, sino que tiene cierta porosidad, la capacidad de protección efectiva puede estimarse en el equivalente a 10m de subida del nivel del mar.

Las conclusiones del estudio han de tomarse con cierta precaución, ya que es necesario estudiar cuán frecuente es la aparición de este tipo de diques naturales. El análisis hasta el momento apunta a que efectivamente puede tratarse de una característica común, presente en muchos glaciares. Por otra parte, hay constancia de cambios en las masas de hielo que -al no ser atribuibles a cambios en el nivel de mar a la vista de estos resultados- deben ser consecuencia de otro tipo de fenómenos climáticos, por ejemplo, variaciones de temperatura. Se trata de algo que deberá incorporarse a los modelos existentes para poder refinar las predicciones. En cualquier caso, al menos en este siglo, parece que Waterworld puede esperar.

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Bombillas fluorescentes: ¿es oro todo lo que reluce?

Publicado por Carlos en marzo 2, 2007

A raíz de toda la preocupación pública que en los últimos tiempos se está suscitando en relación a las consecuencias de un cambio climático, se están sucediendo en los medios de comunicación diferentes mensajes concienciadores al respecto. La preocupación es legítima, por más que algunas de las cosas que oímos sean el chocolate del loro en términos energéticos, y busquen más la tranquilidad de conciencia que otra cosa. Pensemos por ejemplo en el caso de las bombillas domésticas. Se nos está transmitiendo el mensaje de que las bombillas fluorescentes compactas (BFC) son muy superiores en durabilidad y consumo a las bombillas incandescentes tradicionales (cosa que es cierta), y que por lo tanto es poco menos que absurdo seguir manteniendo estas últimas en casa. Este tema no es baladí: Australia va a ser el primer país democrático en el que se van a a promulgar leyes para sustituir las bombillas incandescentes tradicionales por BFC. Con ello se pretende reducir en 800,000 toneladas anuales la emisión de gases de efecto invernadero durante el periodo 2008-2012, alcanzando las 4 millones de toneladas para 2015.

Aunque lo anterior puede parecer una contribución remarcable al crecimiento sostenido, hay que poner esos números en perspectiva, y comprobar que únicamente las emisiones anuales de CO2 de Australia son de 603 millones de toneladas, lo que supone que la reducción perseguida está entre el 0.13% y el 0.66%. Por supuesto, si no hubiera ninguna otra variable en juego, no habría por qué despreciar este porcentaje, aunque sea ínfimo. Pero el caso es que sí las hay, y deben tenerse en cuenta antes de salir corriendo a la tienda a cambiar todas las bombillas de casa.

Empecemos por el espectro de emisión energética. En el caso del filamento de una bombilla incandescente, este espectro se ajusta muy bien a lo que se conoce como radiación de cuerpo negro. Este espectro de radiación (cuya explicación teórica fue la primera contribución de la mecánica cuántica) tiene una forma característica que depende de la temperatura del objeto incandescente. Por ejemplo, la energía que nos llega del Sol se ajusta a la de un cuerpo negro a 5780K, como muestra la figura inferior.

Sun blackbody radiation

En esta figura se muestra fundamentalmente la emisión en el espectro visible (entre 380 nm y 750 nm) , así como toda la banda ultravioleta y la parte superior del infrarrojo. En el caso de una bombilla incandescente, el filamento está a una temperatura de entre 2000K y 3300K, lo que corresponde al siguiente espectro:

Incandescent bulb blackbody radiation

Como puede verse, la mayor parte del espectro cae por el infrarrojo, es decir, mucha de la energía se disipa en forma de calor (lo cual, dicho sea de paso, no es necesariamente negativo si contribuye a elevar la temperatura de la estancia en un ambiente frío). El espectro resultante en el rango visible tiene por lo tanto el tono amarillento con el que estamos familiarizados. ¿Cómo es el espectro en el caso de una BFC? Depende del modelo, pero puede ser algo como lo siguiente:

Fluorescent lighting spectrum

No es nada que se parezca a un cuerpo negro, como puede apreciarse. Esto tiene consecuencias obvias en cómo percibimos la luz que nos proporcionan. A diferencia de la luz de las bombillas incandescentes (que atraviesan todo el espectro visible), este espectro concentra la energía fundamentalmente en unos cuantos picos, lo que resulta en una iluminación menos natural, que a veces podemos calificar como “fría”. Existen modelos que afinan la composición del espectro para ajustarla mejor a la de una bombilla incandescente, pero que pierden eficiencia energética en este empeño.

A lo anterior hay que añadir un segundo factor: el impacto ambiental. Aunque poco a poco va mejorando la tecnología, las BFC contienen trazas de metales pesados que las hacen muy contaminantes si no se desechan de manera apropiada. El reciclaje y post-procesamiento de las BFC supone por lo tanto un coste oculto que a veces no se tiene en cuenta a la hora de calcular la balanza económica de su uso. Es de esperar en cualquier caso que en el futuro la tecnología de fabricación siga mejorando, y permita reducir el potencial contaminante de estas bombillas.

A la luz (nunca mejor dicho) de todo esto, parece claro que la elección entre bombillas incandescentes y fluorescentes no es trivial, y debe tener en cuenta diversos factores, como por ejemplo el uso que se va a hacer de ellas. Una BFC puede ser perfecta para un pasillo, una cocina, o un cuarto de baño. Sin embargo, para una lámpara de lectura o una sala de estar puede ser mejor una bombilla incandescente que produzca una iluminación más confortable. Mientras tanto, la labor de los fabricantes ha de ser cubrir el hueco existente entre ambas alternativas, y aunar eficiencia energética plena, con seguridad ambiental e iluminación natural. Ahí es nada.

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Una muesca menos en la culata del cambio climático

Publicado por Carlos en diciembre 29, 2006

Luboš Motl nos trae en su bitácora The Reference Frame un apunte en relación con la extinción de la megafauna australiana, hasta bien recientemente atribuida a un cambio climático en el Pleistoceno. Concretamente, la teoría mantenida por el Dr. Gilbert Price y el Dr. Gregory Webb, de la Queensland University of Technology, era que varios periodos de cambio climático acabaron con los canguros, wombats, emúes y goannas gigantes hace 40,000 años.

Megafauna australiana

Sin embargo, un trabajo de Gavin J. Prideaux y colaboradores titulado

y que aparecerá en el próximo número de la revista Geology, indica que la megafauna resistió bien los diferentes cambios climáticos. De hecho, la composición de la fauna fue esencialmente estable durante 500,000 años antes de la extinción del Pleistoceno, y las condiciones ambientales eran favorables al menos hasta hace 30,000 años. ¿Qué precipitó entonces la extinción de la megafauna? Quizás una nueva especie que llegó a Australia hace al menos 40,000 años. El nombre científico de dicha especie es Homo sapiens, y al parecer pudo lograr esa extinción gracias a su habilidad cinegética.

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Incendios y calentamiento global

Publicado por Carlos en diciembre 4, 2006

Hace unos días fernand0 nos hablaba acerca de un pueblo de Segovia que pedía ser “canonizado” (no en el sentido eclesiástico, sino en el presupuestario). El argumento que esgrimen es el siguiente: si por contaminar hay que pagar un canon, por purificar habría que recibirlo, y dado que el pueblo (llamado Coca) mantiene unos hermosos pinares que limpian el ambiente, les corresponde una compensación económica. Esto no deja de tener sentido en estos tiempos que corren; como apunta fernand0, se trataría de compensar el lucro cesante del pueblo, que en lugar de instalar una fábrica y contaminar a tutiplén, sigue manteniendo el bosque.

Desde luego, negarle la compensación económica a este pueblo sería la refutación por reducción al absurdo del canon por contaminación. Hay sin embargo otros aspectos interesantes que pueden sacarse a colación a esta historia, en el marco general del cambio climático. Por ejemplo, el efecto de estos bosques sobre el clima. Resulta lógico pensar que todo bosque es un almacén de CO2 y que si, pongamos por caso, se produce un incendio, además de que va a dejar de fijar CO2, todo el que ya estaba fijado en él va a ir a parar a la atmósfera, con el consiguiente incremento del efecto invernadero. Es lo que nos han repetido constantemente a raíz de los últimos incendios forestales: el calentamiento provoca incendios, que a su vez provocan más calentamiento. El razonamiento es impecable a primera vista, pero ¿de veras está todo tan claro? Parece evidente que no, ya que hace un par de semanas ha salido publicado en Science un artículo titulado:

realizado por James T. Randerson y colaboradores, de la Universidad de California, Irvine. Como el título bien indica, en este trabajo se estudia el efecto que el incendio de un bosque tiene en el calentamiento global. A grandes rasgos, la desaparición del bosque conlleva la liberación de grandes cantidades de CO2 (lo cual eleva la temperatura a corto plazo), y el aumento del albedo (que disminuye la temperatura a más largo plazo). Lo primero es el factor dominante en los fuegos tropicales, mientras que en las zonas alejadas del Ecuador, donde la nieve es más común, el segundo factor gana la partida. Promediando sobre todo el planeta, ambos efectos se cancelan aproximadamente.

¿Significa esto que no es malo que se quemen los bosques? ¡No, los bosques son importantes por muchas otras razones! Por ejemplo, el mantenimiento de los ecosistemas, la diversidad biológica, etc. Lo que es erróneo es relacionar cualquier desastre natural con el calentamiento global como un círculo diabólico. Désele entonces al municipio de Coca lo que se estime que merecen por su contribución a la biodiversidad, o no nos rasguemos las vestiduras si un día deciden poner una fábrica.

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