La Singularidad Desnuda

Un universo impredecible de pensamientos y cavilaciones sobre ciencia, tecnología y otros conundros

Archive for 30 noviembre 2006

Nanotecnología de consumo

Posted by Carlos en noviembre 30, 2006

Cómo cambian las cosas. Hace unos años la mención a la nanotecnología conllevaba un cierto halo de futurismo y de cosa hiperavanzada. Una novela de ciencia ficción que pretendiese ser hard o high-tech tenía que incluir referencias a la nanotecnología como algo cotidiano (me viene a la mente Marte se mueve de Greg Bear). Hoy sin embargo, la nanotecnología es de facto algo cotidiano. Bien es cierto que no a los niveles descritos en relatos de ficción, en los que se confeccionan nanomáquinas ad hoc (e incluso nanomáquinas de propósito general) de manera trivial, pero sí a niveles más básicos relacionados con la elaboración de nuevos materiales. De hecho, estos nanomateriales pueden producirse en masa en muchos casos, y forman parte de infinidad de objetos a nuestro alcance. Tanto es así, que desde el Project on Emerging Nanotechnologies se ha confeccionado una lista de más de 200 productos nanotecnológicos de consumo. Hay desde recipientes con nanopartículas de plata que preservan los alimentos, a purificadores de aire que destruyen bacterias y hasta moléculas perniciosas, por no mencionar todos los gadgets que tienen baterías o procesadores fabricados con nanocomponentes.

Es interesante el predominio de nanoinventos relacionados con el vestir, como calcetines antibacteriales, bañadores de secado ultrarrápido, pantalones que no se arrugan, y tejidos desodorantes. Si Ortega y Gasset viviera hoy probablemente diría: “Yo soy yo y mis nanopartículas“.

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Los Chicos de Stonehenge (Children of the Stones)

Posted by Carlos en noviembre 30, 2006

Children of the Stones Quien hoy en día ande por los “taytantos” posiblemente recuerde una serie de televisión británica de finales de los setenta y principios de los ochenta (se produjo en 1977, pero en España se debió emitir sobre el 1980), titulada Children of the Stones, y que en España se tradujo como “Los chicos de Stonehenge”. Guardaba un vago pero grato recuerdo de esta serie, y recientemente lo he podido refrescar gracias a la magia de las re-ediciones en DVD. Se trata de una serie que cabalgaba entre la ciencia ficción y lo fantástico (personalmente, me inclino más por englobarla dentro de lo primero), y que sin tener efectos especiales brillantes (no es que los efectos fueran malos -los pocos que había eran aceptables, máxime teniendo en cuenta la época- sino que simplemente no se necesitaban), conseguía enganchar al espectador por el atractivo de la trama. De hecho, siendo como era una serie esencialmente destinada al público juvenil, el argumento no sólo no caía en simplismos y acción fácil, sino que tejía una trama bastante compleja que realmente requería pararse a veces a pensar en cómo encajaban todas las piezas.

Todo empieza cuando el astrofísico Adam Blake y su jovencísimo hijo Matthew llegan a un pueblecito en medio de la campiña inglesa. Dicho pueblecito es realmente pequeño, con su única tienda de ultramarinos, su único pub/restaurante, su colegio con apenas una docena de niños, etc. y tiene un detalle ciertamente interesante: está rodeado de menhires, al estilo de Stonehenge (o quizás más complejo, porque además del círculo que rodea al pueblo, hay una avenida, y un santuario). De hecho, el propósito con el que este astrofísico llega al pueblo es estudiar dichas piedras y su magnetismo (curiosa labor para un astrofísico, pero bueno, su sapiencia se revelará como necesaria más adelante).

Avebury Henge and Village

Nada más llegar, resulta evidente tanto para los protagonistas como para los espectadores que en el pueblo pasa algo raro. Los habitantes nativos se comportan de manera extraña: son sumamente amables, se saludan con un “Feliz Día”, a veces pronuncian frases un tanto enigmáticas, de vez en cuando se reúnen de noche en círculo en torno a la iglesia (en desuso) del pueblo, y parecen tener una especie de relación de subordinación con el Sr. Hendrick, un rico gentleman que tiene diversas propiedades en el pueblo, un porte distinguido y enigmático, y que parece controlar los tiempos de cuanto sucede en el pueblo. El mencionado Sr. Hendrick es a la sazón el casero de nuestros protagonistas, y rápidamente se revela como una persona muy culta, con profundos conocimientos de -entre otras cosas- astronomía y astrofísica.

Hay también otros personajes que también juegan un papel importante en la trama. Están por ejemplo la directora del museo local, Margaret, y su hija Sandra, que enseguida establecerán una estrecha relación con el Prof. Blake y su hijo respectivamente (la primera como contrapartida pseudocientífica al racionalismo del astrofísico, y la segunda como compañera de fatigas en el colegio). Ambas son también recién llegadas al pueblo, y no parecen participar en el extraño comportamiento de los locales. Otro personaje importante en la trama (fundamentalmente a la hora de unir algunos cabos sueltos, o dar pistas importantes a los protagonistas) es Dai, una especie de vagabundo que vive en el santuario de piedras, y que afirma que ahí está protegido de lo que le sucede al resto del pueblo.

Los chicos de stonehengeMargaret instruirá al Prof. Blake en la estructura megalítica, en la historia local, y en la existencia de una serie de “líneas de fuerza” que parecen confluir en el círculo de piedras. Esta supuesta fuerza se irá revelando como real, ya que puede medirse el magnetismo residual de las piedras (impagable una escena en la que la Sr. Crabtree, un ama de llaves mayor y muy del pueblo observa extrañada uno de los aparatos que el astrofísico trajo consigo: “Es un magnetómetro” le aclara el Prof. Blake; “Sin duda” responde ella con esa flema británica). Más aún, cuando el Prof. Blake toca una de las piedras por petición de Margaret, sufre una especie de descarga eléctrica (o psíquica). No acaban ahí los misterios de las piedras, pues no parecen estar alineadas como los típicos observatorios megalíticos, sino que parecen apuntar de alguna manera a un punto del cielo en el que aparentemente no hay nada. Pronto sabremos que en dicho punto hubo una supernova hace miles de años, durante la época megalítica, y que en la actualidad hay un agujero negro. Para rematar los misterios, las líneas de fuerza que confluyen en el círculo de piedras no lo hacen de manera tangencial ni radial, sino que parecen señalar a otro pequeño círculo dentro del pueblo en el que está… la casa del Sr. Hendrick.

No diré nada más sobre el argumento por si alguien decide ver la serie. Únicamente señalaré que a medida que avanza la trama se va haciendo patente la noción de burbuja espacio-temporal (y si esto más que aclarar intriga, pues una razón más para ver la serie). Sí debe destacarse la gran interpretación de los actores. El papel de Adam Blake lo representa Gareth Thomas, al que los de mi generación posiblemente recordarán como Roj Blake en “Los 7 de Blake” (Blakes’s 7), la serie de ciencia ficción británica. Iain Cuthbertson también está espléndido como el Sr. Hendrick, combinando esa apostura flemática tan británica con un punto de científico megalómano. Muy bien también el resto de los actores, con ese estilo más cercano al teatro que al cine, propio de las producciones británicas de la época. En resumen, una serie muy bien desarrollada, con una ambientación muy buena (fantástica la música de entrada), relativamente corta (son siete capítulos de alrededor de 1 media hora, divididos cada uno en dos partes), y que tiene un desenlace interesante.

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Hermenéutica Cuántica y Estegosaurios Bípedos

Posted by Carlos en noviembre 28, 2006

El día a día del científico es duro. A algunos les toca limpiar la jaula de los ratones al final del día, y a todos sin excepción (bueno, con la excepción de los que no tengan ordenador o conexión a Internet, y hace falta ser científico raro para eso) tienen que lidiar con el spam. “¿Y en qué les diferencia esto último del resto de los mortales?” puede pensarse. Realmente en poco. Da igual si eres científico o sexador profesional de acalefos, si tienes una dirección de correo electrónico, vas a recibir mensajes que te ofrecen todo tipo de maravillas corporales o monetarias (frecuentemente en ballenés). Lo que ocurre es que además de este tipo de spam, llamémosle “de propósito general”, quién se dedique a esto de la ciencia recibe también mensajes más sectoriales, ofreciendo algo que un científico de hoy en día puede anhelar: publicaciones.

El típico mensaje de este tipo de spam te suele invitar, “como científico reconocido”, a enviar un trabajo a cierta conferencia de la que nunca habías oído hablar, y a la que te aseguran, “sólo van científicos VIPs, por lo que no hace falta proceso de revisión de su trabajo”. Hay otros que intentan disimular un poco, y te hablan de un supuesto proceso de revisión, que por supuesto no existe. Lógicamente, la inmensa mayoría de los científicos se avergonzarían de participar en farsas de este tipo, y no son pocos los que intentan ponerlas al descubierto. Por ejemplo, unos estudiantes del MIT desarrollaron un programa que genera artículos de manera aleatoria, y enviaron uno de ellos a una dudosa conferencia que -¡oh, sorpresa!- lo aceptó (los autores han hecho un blog en el que detallan sus andanzas).

Este tipo de artículos de pega no siempre van destinados a destapar estafas académicas, sino que podría decirse que forman parte del control de calidad general del mundillo. Es muy conocido el escándalo Sokal, en el que Alan Sokal ridiculizó la absoluta falta de rigor científico en el ámbito de los estudios culturales postmodernos. Su artículo tituladoTransgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity era en sus propias palabras “un pastiche de jerga izquierdista, reseñas aduladoras, citas grandilocuentes y rotundo sinsentido“, que se “apoyaba en las citas más estúpidas que había podido encontrar sobre matemáticas y físicas” hechas por académicos de humanidades. No tiene desperdicio ver como en el artículo (aceptado por una revista de estudios culturales postmodernos) afirmaba que la mecánica cuántica tiene connotaciones políticas progresistas, o que el axioma de elección de la teoría de conjuntos de Zermelo-Fraenkel estaba en línea con el feminismo liberal.

A pesar de todo, no siempre hay una intención polemizadora en este tipo de artículos falsos. A veces, simplemente existe la intención de gastar un broma embarazosa a los responsables científicos de algún evento. Esto es posiblemente lo que se intentó con un artículo enviado en 2002 a la reunión anual de la Society of Vertebrate Paleontology por un tal T.R. Karbek (anagrama del famoso paleontólogo R.T. Bakker), y titulado “The case for Stegosaurus as an agile, cursorial, biped” (“Argumentos que apoyan la idea de que el estegosaurio era un bípedo ágil, adaptado a la carrera veloz”). Puede consultarse el resumen de la ponencia aquí (página 73A). Al parecer, los organizadores se dieron cuenta a tiempo del engaño, por fortuna para ellos, y por desgracia para nosotros, que nos habríamos reído bastante del póster. Y es que ¿qué sería de la ciencia sin estos momentos?

Actualización: me cuentan que después de todo, sí se llegó a presentar un póster sobre la agilidad del estegosaurio. El primer día del congreso llegó alguien, lo colgó, y por supuesto desapareció. El póster únicamente contenía tres ilustraciones numeradas del estegosaurio: en la primera, se mostraba al animal en posición cuadrúpeda; en la segunda, el estegosaurio comienza a incorporarse; en la tercera, aparece ya en posición bípeda, listo para correr. Sencillamente genial.

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Darwinismo municipal y ciudades urbívoras

Posted by Carlos en noviembre 27, 2006

urbívora: adj., que se alimenta de ciudades.

Los seguidores de “Los Simpson” quizás recuerden un capítulo en el que Homer es elegido concejal de limpieza y medio ambiente de Springfield. Después de gastarse en un mes todo el presupuesto anual de su departamento, se le ocurre cobrar a todas las ciudades vecinas para que viertan sus desperdicios en el subsuelo de Springfield. Finalmente, el terreno no puede dar más de sí, y surgen géiseres de basura por toda la ciudad. La solución que el consejo municipal encuentra es mover la ciudad unos cuantos kilómetros.

Esta idea de ciudades móviles no es del todo nueva. De una manera más o menos directa pueden encontrarse urbes de este tipo en relatos ambientados en el espacio (por ejemplo, grandes naves generacionales), o en futuros post-apocalípticos (por ejemplo, el petrolero de Waterworld). Lo que si tiene su punto de novedad es llevar esta premisa a ciudades actuales, e imbuirla en el marco de un ecosistema en el que unas ciudades “se comen” a otras, reaprovechando sus estructuras y materiales, y absorbiendo a sus habitantes (o utilizándolos como esclavos). Esta es la idea de Philip Reeve en sus Hungry City Chronicles, un ciclo de novelas que empezó con Mortal Engines, y que ya va por su cuarto título. He aquí un párrafo de la misma (mi traducción):

“La pequeña ciudad estaba tan cerca que podía ver a sus habitantes como hormigas, corriendo en todas direcciones en los niveles superiores. ¡Cuán asustados debían sentirse, viendo a Londres abalanzarse sobre ellos sin tener donde esconderse! Pero sabía que no debía sentirse apenado por ellos. Era natural que las grandes ciudades se coman a las más pequeñas, de la misma manera que las ciudades pequeñas se comen a los pueblos, y éstos a los tristes asentamientos estáticos. Eso era el darwinismo municipal, y era como funcionaba el mundo desde hacía mil años.”

Realmente es una premisa que engancha (uno no puede evitar preguntarse hacia dónde se dirigirá Madrid, una vez haya dado cuenta de Torrelodones, Getafe o Leganés, si La Coruña se comerá a Vigo o viceversa, o si Huelva, Cádiz y Córdoba no saltarán sobre Sevilla al unísono). Además, en el fondo no es algo tan descabellado (si se ignora el aspecto ingenieril). De hecho, quizás veamos antes algunas variantes del fenómeno, como el darwinismo universitario. Todo es posible.

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Curvas de Peano en el control de seguridad del aeropuerto

Posted by Carlos en noviembre 25, 2006

En los últimos años (justo a partir del 11-S) hemos podido ver cómo las medidas de seguridad en los aeropuertos se han ido haciendo cada vez más estrictas. Lo último ha sido la entrada en vigor de una nueva normativa que limita el tipo de productos que se pueden subir a bordo del avión, como líquidos, pastas, geles, etc. Técnicamente, todo es por nuestra seguridad, pero es innegable que la aplicación de las nuevas normas conlleva recorte de libertades, es propensa a abusos de autoridad, y puede hacerle a uno plantearse si no hay mucho de negocio en el asunto.

No voy a entrar en el trasfondo del tema, que ya ha sido ampliamente comentado, y que creo que está suficientemente claro (otra cosa es todo llegue a solucionarse en algún momento). Quería fijarme en un aspecto colateral que me llamó la atención mientras hacía una de esas interminables colas en los controles de seguridad de un aeropuerto (las matemáticas son excelentes para evadirse del hastío que ciertas situaciones provocan). Se trata de la disposición intrincada de la fila de personas a través de una especie de laberinto de cintas de seguridad. Lo más normal es encontrarse una especie de acordeón: uno empieza a hacer zigzag de izquierda a derecha, avanzando un poco cada vez que se llega a uno de los extremos del laberinto. ¿Es ésta la disposición más eficiente? Depende. Hay diferentes consideraciones que pueden tenerse en cuenta a la hora de organizar una cola de estas características. Vamos a fijarnos de momento en la longitud recorrida.

Supongamos que tenemos N personas en un área cuadrada de A m2, y que las disponemos de manera regular en la misma. Más o menos, esto es lo que tiende a suceder (la separación lateral suele ser un poco mayor de que frontal por el ancho de los pasillos delimitados, pero podemos ignorar esto de momento). La distancia D entre una persona y la que le sigue o precede en la fila sería

D=sqrt(A/N).

Si conforme la gente va entrando a la cola atraviesa esos pasillos en acordeón, pasando por esos puntos con dicha separación uniforme, la distancia L que cada persona recorre (una vez eliminados los elementos transitorios) sería L=N·D, o lo que es lo mismo

L=K sqrt(NA),

donde obviamente K=1 en este caso. ¿Podría hacerse más corta esta distancia? Sin duda. Para verlo, es útil recurrir a un problema muy bien conocido en el ámbito de la optimización combinatoria: el Problema del Viajante de Comercio (TSP, por sus siglas en inglés). El TSP consiste en buscar un camino de longitud mínima que pase por N ciudades y vuelva a la ciudad de partida. Esto último no es exactamente lo que sucede en la cola de un aeropuerto, pero no es demasiado preocupante: nos podemos imaginar que el punto de entrada a la cola está muy cerca del de salida, aunque haya que dar muchas vueltas antes de llegar a ésta. El TSP ha sido estudiado con enorme profundidad desde muy diferentes puntos de vista. En relación con lo que nos ocupa, se sabe por ejemplo que si se distribuyen N puntos al azar en un plano, la longitud del camino óptimo que los une viene dado por la expresión anterior, siendo K=0.725 (es un valor conjeturado; diferentes evaluaciones experimentales han dado valores entre 0.715 y 0.749). Esto ya supone una notable ventaja con respecto a lo anterior, pero hace falta determinar ese camino óptimo, lo cual es complejo si N es grande (pueden conseguirse soluciones quasi-óptimas eficientemente, pero vamos a dejar eso a un lado ahora).

Un enfoque más sistemático lo podemos encontrar en las curvas de rellenado de espacio (space-filling curves) o curvas de Peano, en honor de Giuseppe Peano, que fue quien primero las definió. Estas curvas cubren todo el plano (en realidad son generalizables a cualquier dimensionalidad, por lo que podemos cubrir un volumen, o cualquier hiperespacio que nos plazca), y son posibles gracias a que el segmento unidad de los números reales tiene la misma cardinalidad que cualquier espacio p-dimensional, como Cantor demostró. En los casos más intuitivos, podemos definir estas curvas de manera constructiva, partiendo de un segmento inicial, e iterando un cierto proceso de transformación sobre cada segmento de la curva, tal como se muestra a continuación:

3 iterations of the Peano curve, a space-filling curve

Como puede apreciarse, a medida que se va iterando el proceso se obtiene una curva cada vez más densa, que acaba por cubrir completamente el área deseada. Hay otras posibilidades, como la curva de Hilbert, o la curva de Sierpinski, entre otras muchas (aquí pueden verse diversos ejemplos). Norman y Moscato definieron una variante de la curva de Peano (a la que llamaron MPeano) en un artículo publicado en la revista Chaos, Solitons, and Fractals. Esta curva se caracteriza por un valor aproximado de K=0.659, y es además la solución óptima para la correspondiente instancia del TSP.

¿Por qué se recurre entonces al acordeón, si hay otras formas más compactas de disponer a la gente? Puede pensarse en varios motivos: es más complicado acotar los pasillos en este tipo de curvas, la gente puede desorientarse y sentirse incómoda si tiene que hacer muchos cambios de dirección, hay efectos finitos que pueden afectar a la posible ganancia en distancia, y sobre todo, ¿quién ha dicho que la prioridad de las mentes pensantes que organizan la seguridad de los aeropuertos es que andemos poco?

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Un paseo por el Trinity College de Dublín

Posted by Carlos en noviembre 24, 2006

Acostumbrados como estamos a tener una universidad en cada ciudad (a veces más de una, o muchas más que una), la mayoría de las cuales se fundó anteayer, uno no puede evitar sentir envidia del respeto y orgullo con el que en otros lugares tratan a sus instituciones académicas. Este profundo respeto se puede constatar por ejemplo visitando el Trinity College de Dublín.

El lugar es precioso. Se trata de un enorme recinto en pleno dentro de Dublín, que alberga las diferentes facultades, las zonas de servicio, plazas y jardines, y por supuesto la biblioteca. Decir que la biblioteca está bien surtida es poco; quién publique un libro en el Reino Unido o Irlanda tiene que enviar una copia a la biblioteca del TCD como requisito previo a la expedición de copyright. En total, la biblioteca dispone de más de 4 millones de títulos, algunos de valor incalculable, como el Libro de Kells. Tanta cantidad de saber acumulado hace que al acercarse, uno sienta una perturbación en la Fuerza. Al menos, la debió sentir George Lucas, que la copió como biblioteca Jedi para el Ataque de los Clones (o quizás fue una coincidencia, y los midiclorianos no tuvieron que ver, quién sabe).

Parliament Square, Trinity College, Dublin.

La entrada por la Regent House, y la Plaza del Parlamento (que es la que nos encontramos acto seguido) están dominadas por varias estatuas de diferentes personajes famosos que se formaron en el TCD o que fueron prebostes del mismo. Incluso los bancos del parque tienen reseñas en memoria de antiguos alumnos. Por supuesto, también hay una tienda de marcadería oficial (en la antigua biblioteca; hay otras fuera del TCD que también tienen licencia oficial para vender productos del TCD). Esto es algo muy de las Islas (la ostentación orgullosa del alma mater), y que los colonos exportaron a los Estados Unidos, con gran éxito como es bien sabido.

Servidor se dio el gusto de apurar un café, sentado en uno de esos bancos que, quizás, ocuparon un día Samuel Beckett, Oscar Wilde, o Jonathan Swift. Es sin duda uno de los placeres de Dublín, comparable sólo a tomarse una pinta en un pub de Temple Bar. Sláinte!

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Eire is different

Posted by Carlos en noviembre 23, 2006

¿Qué es lo que uno esperaría de un museo británico de heráldica? Antiquísimos blasones, vetustas tradiciones, flemáticos caballeros del Imperio Británico con monóculo y bombín, etc. ¿Y qué es lo que uno puede encontrar en un museo de heráldica irlandés? Monos jugando al billar en la fachada. Realmente, los irlandeses son unos cracks.

Monos en el Museo de Heráldica de Dubl�n

Bromas aparte, el museo, como casi todos los sitios de interés histórico en Dublín, es muy recomendable de ver. Los irlandeses son gente alegre, pero no despreocupadas de su historia y tradiciones.

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Definición de optimista

Posted by Carlos en noviembre 23, 2006

optimista: adj., dícese de aquél que sale a la calle en Dublín, sin paraguas, pensando que no le va a hacer falta. U.t.c.s.

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Historias de Grafton Street

Posted by Carlos en noviembre 22, 2006

Empujado por las gélidas temperaturas, y atraído por las delicias de un café caliente, entré esta mañana a un Starbucks en Grafton Street. Ésta es posiblemente una de las calles con más estilo y más posh de la ciudad. El café está situado en una primera planta, y tiene una vista fantástica de la calle, por lo que armado de un grande latte me aposenté en un sofá a observar el discurrir de los acontecimientos. Es un lugar movido. Como dice la canción de Madness, “there is always something happening, and it’s usually quite loud“.

Se ve por ejemplo a un caballero con abrigo, guantes blancos, y chistera que hace las veces de portero simpático en un establecimiento de ropa con clase. Le abre la puerta a las señoras, y te saluda con la mejor sonrisa al pasar. También están las colegialas que con uniforme a cuadros irlandeses (como los escoceses, pero con más predominio del verde) y tocadas con gorro de Santa Claus, venden dulces de Navidad (para el viaje de estudios, o algún otro benemérito fin, es de suponer). Claro que quien más me llamó la atención fue una señora a la que un equipo de televisión entrevistó durante varios minutos en plena calle. Puede que fuera una presentadora local, o una ciudadana de a pie. De lo que no cabe duda, es que al final de la entrevista, ya era de la cool people (literalmente).

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Un poco de Eire fresco

Posted by Carlos en noviembre 22, 2006

Son gente maja, los irlandeses. Sobre todo son cálidos. Me he dado un paseo vespertino, con temperaturas que rondaban los 5º, y una brisita de esas que se agradecen. Pues bien, los locales tan a gustito, conversando junto a un parque. En una calle cercana, me he cruzado con unos chavalotes, en manga corta y con un balón de rugby. Una pena no haber echado ropa de deporte en la maleta.

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